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viernes, 12 de enero de 2018

¿Yo?... uruguayo (por Rodrigo Tisnés) “Mi patria es mi hijo y mi biblioteca”. Roberto Bolaño.



Con esta, demorada, entrega pongo punto final a estas columnas. El motivo es muy sencillo: con casi cinco meses de radicación, ya no soy, ni me siento, un recién llegado. Seguiré colaborando con el Blog de Juanjo con notas y crónicas en la medida que la dinámica así lo indique.
Salvo la primera entrega, que fue escrita desde una emoción en carne viva, la idea de este espacio fue señalar –en forma caricaturesca- las diferencias que puede encontrar un uruguayo viviendo en Buenos Aires respecto al “paisito”. Diferencias que, en definitiva, por anecdóticas terminan demostrando lo cercanos y parecidos que somos. Lo escribí en una entrega anterior: para un extranjero, especialmente para un gringo, argentinos y uruguayos resultamos absolutamente indistinguibles. Y también, estoy convencido que hay más similitudes culturales entre un porteño (o un bonaerense) y un montevideano, que entre el mismo porteño y un chaqueño o un formoseño.
Plantearse la “argentinidad” o la “uruguayez”, es plantearse si existen las identidades nacionales. O sea: si una persona, por haber nacido en determinado pedazo de tierra, posee o cuenta con determinadas señas de identidad que la hacen diferente a su vecino que nació en el pedazo de tierra a 20 kilómetros de distancia, pero justo quedaba del otro lado de la frontera. El pedazo de tierra podría estar a 20 metros en el caso de algunos lugares (pienso en el Chuy y Rivera) o a 100 kilómetros.
No creo que se precise ser antropólogo para llegar a la conclusión que las identidades nacionales no son características naturales, ni genéticas, con las que nace una persona por haber nacido en un territorio llamado Uruguay, Argentina, Bolivia, Chile, o Malawi. No hay características predeterminadas que determinen la identidad nacional. No conozco, hasta ahora, bebés que salgan del vientre materno con el termo y el mate abajo del brazo.
Las identidades nacionales están basadas en tipos ideales y estereotipos, que buscaban afirmar el sentido de pertenencia al Estado-Nación como forma de justificar, y diferenciarse del vecino. En Europa esa construcción lleva más de 500 años, e implicó, entre otras cosas, la expulsión de comunidades determinadas en algunos países (los judíos en España, Portugal y Polonia); mientras que en América Latina es un proceso que lleva unos 150 años, desde la independencia de las viejas colonias. Así, se intenta uniformizar a la población fronteras adentro, poniendo un un énfasis en las diferencias con los vecinos, y se minimizan las muchas similitudes existentes.
Esta construcción de la identidad nacional, que es simbólica, mistifica determinadas cualidades supuestamente inherentes al “ser nacional” y al pedazo de tierra que se ocupa.
No quiero que se me malinterprete. Yo amo Uruguay y me siento profundamente uruguayo. Así como amo a Rocha y me sigo sintiendo profundamente rochense.
Pero tomando la cita de Bolaño, lo que he descubierto (o más bien reafirmado en estos meses), es que no preciso estar en Rocha para sentirme y ser rochense. Siempre será el lugar donde nací, me crie, me eduqué, viví los primeros amores –en general fugaces, tímidos y no correspondidos- adolescentes, las primeras aventuras y borracheras con amigos, y es el lugar al que busqué volver durante mucho tiempo. Es el lugar donde aún tengo gran parte de mis afectos (familia, amigos, de toda la vida y los nuevos que hice en mi “segunda” etapa rochense), con el que sueño, me ilusiono, y me interesa saber que sucede: me alegro con sus logros y éxitos, y me entristecen las malas noticias.
Por eso puedo decir que traigo a Rocha conmigo. Está presente en las personas, en mi memoria, en mi discurso, y en mi escritura. Exactamente lo mismo puedo decir de Montevideo, y del “paisito”. Son parte indisoluble de mi identidad por todo el magma acumulado a lo largo de los años.
Y a medida que pasan los días y semanas, también Buenos Aires se me está metiendo en la piel. Se está haciendo parte de mi identidad, así como Rocha, Valizas, Montevideo, Trinidad, La Paloma y La Pedrera son parte de la persona que soy ahora; porque también acá he conocido gente, forjado nuevas e insospechadas amistades y lazos afectivos. También sueño y me proyecto en esta inmensa, descomunal, caótica y seductora ciudad, que me ha recibido con los brazos abiertos, siendo un perfecto desconocido. En esta ciudad que me ha sacudido una suerte de modorra, especialmente artística, en la que me había sumido el confort de Rocha.
Incluso, retomando el tema de la tierra y las fronteras que con esmero inventamos, me ha recibido siendo nada más que todo un extranjero, y nada menos que un integrante de la especie Humana.
Por eso, puedo afirmar que, yo... uruguayo, sin lugar a dudas, pero también un poco argentino, absolutamente sudamericano y latinoamericano, bastante iberoamericano, y decididamente cosmopolita.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Cataluña: entre lo Jurídico y lo Político. Por Rodrigo Tisnés



En julio de 2012, cuando los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay resolvieron suspender temporalmente a Paraguay como miembro pleno del MERCOSUR (posibilitando así el ingreso de Venezuela), el por entonces presidente José Mujica argumentó la decisión diciendo que a veces “lo político estaba por sobre lo jurídico”.
El razonamiento, por supuesto, generó polémica, especialmente entre quienes sostienen que en un Estado de Derecho, las razones y lógicas políticas no pueden primar ni estar por sobre las acciones ajustadas a derecho. Tanto es así que, el año pasado, en ocasión del traspaso de la presidencia pro-témpore del Mercosur, el gobierno uruguayo –aun siendo del mismo partido político- sostuvo el argumento contrario, para defender su decisión de pasar ese mando a Venezuela.
En realidad, ambas posiciones están equivocadas. Parten de una idea de preeminencia de una lógica sobre la otra; cuando, en realidad, ambas coexisten. En general esa coexistencia se da en forma más o menos armónica, pero hay ocasiones en que ambas coliden y entran en tensión. Es el caso por ejemplo de normas declaradas inconstitucionales. Además de problemas de técnica legislativa que puedan existir en algunas de ellas, también es resultado de la tensión entre disposiciones normativas establecidas en la Constitución, y la voluntad del cuerpo legislativo de sancionar normas, que más allá de lo normativo, expresan una voluntad o señal política en determinado sentido.
Pero no son los únicos casos que existen.
Retomando el ejemplo inicial: la destitución de Fernando Lugo fue un acto político en el que integrantes de una alianza que había llevado al gobierno al entonces presidente, la rompieron, se aliaron con otros socios, y dejaron en minoría al bloque del Presidente. La nueva mayoría tenía los votos más que suficientes para destituirlo, y aprovechó una situación coyuntural para hacerlo. No fue un golpe de Estado, dado que es un mecanismo previsto constitucionalmente. Pero tampoco se puede decir que fue un “juicio”: no resiste el menor análisis en materia de las garantías ofrecidas al acusado para su legítima defensa, ni en la imparcialidad del cuerpo que resolvió el tema, ni en los plazos brindados. La confusión está en utilizar la denominación “juicio” para un acto eminentemente de carácter político, dado que es resuelto por un cuerpo político, en el que, pese a que existen argumentos que se quieren vestir con ropaje jurídico, en realidad se manejan argumentos políticos, y se sostienen en base a acuerdos, negociaciones, y componendas políticas, que un tribunal judicial no admitiría nunca por la sencilla razón de que está por fuera de su lógica de funcionamiento. Exactamente lo mismo puede ser afirmado en los casos de los brasileños Fernado Collor y Dilma Rousseff, y en el del –aun- presidente peruano, Pedro Kuczynski.
Tanto en el caso de normas supuestamente, o posiblemente, inconstitucionales, como en las formas de destituir al titular del Poder Ejecutivo, en cada país existen mecanismos diversos que administran estas tensiones.
El problema surge cuando no existe un mecanismo previsto para administrar ese conflicto, o sí existe es muy parcial e imperfecto, y no se ajusta a la realidad. Eso es lo que pasa en el caso de Cataluña, con la puja entre independentistas y unionistas.
Desde el gobierno central, especialmente por parte de Rajoy, han abordado el problema catalán desde el aspecto jurídico, sabiendo que eso fortalece su posición: la Constitución Española, de la época de la transición, no reconoce el derecho a la autodeterminación ni la posibilidad de convocar a plebiscitos consultivos en las Comunidades Autónomas. El Derecho Internacional, siempre más laxo y diplomático, admite y reconoce el derecho a la autodeterminación de “los pueblos”, pero bajo ciertos supuestos y el cumplimiento de ciertas condiciones.
Desde el gobierno catalán, si bien han intentado explicaciones jurídicas basados en los pocos resquicios que les abre el Derecho Internacional y los autonómicos, básicamente han planteado en términos políticos el debate: Cataluña y los catalanes tienen el derecho a la autodeterminación y a decidir si quieren, o no, ser parte de España, dado que son un pueblo con identidad propia, y ese es un valor supremo por sobre lo que en la materia establezca la Constitución española.
O sea: resulta imposible un entendimiento, siquiera un acercamiento, entre las partes porque hablan y razonan en dos lenguajes distintos, el jurídico unos, y el político otros.
De esta forma, a lo largo de los meses ha oscilado este conflicto, donde alternativamente ha tenido más preeminencia lo político, lo jurídico, y ahora parece que nuevamente lo político. Al menos eso es lo que surge luego de las recientes elecciones del 21 de diciembre, convocadas por el gobierno de Rajoy, luego de haber destituido al anterior gobierno regional.
Políticamente ha quedado claro que la sociedad catalana está movilizada, y dividida en mitades imperfectas respecto a la cuestión independentista. Existe una mayoría relativa favorable a la independencia o –al menos- a un grado mayor de autonomía. De hecho, los sectores políticos que apoyan la independencia serán (nuevamente) mayoría en el nuevo Congreso. Pero por otro lado, hay otra minoría relativa, bastante significativa, que no ve con buenos ojos esto de la independencia. De hecho, Ciudadanos, un partido que defiende el unionismo, resultó el más votado en las recientes elecciones, pero queda en minoría frente a la suma de los independentistas, y su líder –Inés Arrimadas- ya ha declinado la posibilidad de formar gobierno.
Sin lugar a dudas, quien salió perdiendo en el terreno político es el gobierno central encabezado por Rajoy. El PP, que contaba con 11 diputados en el Parlamento Catalán, pasará a tener tan sólo 3. De hecho, tuvo menos votos que el CUP, un partido secesionista de izquierda radical. De esta forma los populares pagan el precio de la testarudez ideológica y la falta de cintura e imaginación política de un Rajoy que, en el conflicto catalán, nunca entendió (o no quiso ver) que él es líder y Jefe de Gobierno; no Juez de un Tribunal Supremo. Se negó a ver el problema en su dimensión política, y al nacionalismo catalán, opuso un discurso nacionalista en el sentido contrario: el de España como nación única e indivisible.
No obstante, el resultado de estas elecciones también resulta un mapa más realista que el de aquel referéndum convocado y organizado de manera caótica, y llevado a la fuerza por un gobierno regional que, aprovechando la obstinación de Rajoy, logró más de un 90% de votos favorables a la independencia.
En definitiva, hoy la situación en Cataluña, política y jurídica, parece estar empantanada. Jurídicamente las figuras más representativas del movimiento independentista están en la cárcel, o exiliadas para evitar ser encarceladas, y esperando que se inicien los juicios en su contra. Políticamente, el independentismo sigue siendo fuerte, y el PP acaba de sufrir una derrota histórica en Cataluña.
Para salir de este juego de “suma 0” que ha sido hasta ahora, se necesita una flexibilidad, liderazgo e imaginación que Rajoy no ha mostrado hasta ahora, y dudo que tenga.
De todas formas, un poco lo entiendo: en un país diverso y multicultural como España, aflojar en relación a Cataluña, podría significar el comienzo del fin de la España que conocemos hoy en día, porque además del nacionalismo catalán, tiene que enfrentar el nacionalismo vasco, el gallego, el andaluz, y el valenciano. Lo entiendo… pero no lo comparto. Me parece que, en pleno siglo XXI, el derecho a la autodeterminación de los pueblos y sociedades no debiera ser cuestionado: si catalanes, vascos y gallegos no quieren, o quisieran, formar parte de España, no se los puede obligar con el corset de la ley y la amenaza del garrote.
Por tanto, correspondería a los líderes catalanes hacer una movida. ¿Cuál? Estimo que, sin abandonar la lógica política de su discurso, deberían agregarle un componente jurídico, como forma de canalizar la tensión. Si la Constitución española es inflexible y no admite que las Comunidades Autónomas puedan organizar plebiscitos para resolver su permanencia dentro de España, tal vez debería comenzar por promover una reforma constitucional que habilite a este tipo de consultas, sin necesidad de la aquiescencia del gobierno central, o con un grado mínimo de coordinación.
Esto, a su vez, les posibilitaría –a nivel político- tejer nuevas alianzas en otras Comunidades Autónomas, que hoy en día miran con cierto recelo el proceso catalán, porque entienden que el reclamo de independencia, más que un reclamo legítimo, es un actitud egoísta para no compartir/repartir la riqueza generada en su territorio, con las comunidades más pobres y atrasadas.
Y eso, el reparto de la riqueza generada, también debería formar parte de un debate político sincero acerca de la autonomías; cosa imposible si desde el gobierno central se sigue insistiendo en el callejón sin salida jurídico.




jueves, 7 de diciembre de 2017

La Revolución Rusa, 100 años después 02 Por Rodrigo Tisnés



Con la perspectiva de un siglo, es posible afirmar que la Revolución Rusa influyó en la ampliación de la esfera democrática. El surgimiento de un “Estado-obrero”, que se presentaba como vanguardia de la nueva sociedad por venir, generó como reacción en el mundo Occidental el impulso de todo el andamiaje de los derechos desegunda generación”, que comenzaron a ser reconocidos explícitamente por casi todas las Constituciones modernas y demás normas jurídicas.
Se trata de toda la serie de derechos de tipo social (trabajo, huelga, salud, educación, a formar sindicatos, seguridad social, etc), que buscan garantizar la base material de la vida, una suerte de punto de partida para el efectivo goce de los derechos civiles y políticos, o de “primera generación”.
Así se montó el esqueleto de lo que posteriormente sería conocido como “Estado de Bienestar” o “Estado Benefactor” (Welfare State) sustentados sobre la base del reconocimiento, protección y ejercicio efectivo de estos derechos sociales, económicos y culturales.
Otra reacción, más contextual y visceral, fue el auge en Europa de gobiernos totalitarios de signo opuesto: el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, y los regímenes de Franco y Salazar en la Península Ibérica. A esto se sumó la condescendencia con la que otros gobiernos europeos trataron y toleraron a Mussolini y a Hitler. Especialmente este último fue visto como un “freno” posible frente a la posible expansión hacia el oeste del mundo soviético.
No obstante lo anterior, Hitler y Stalin cultivaron por un tiempo una relación de tolerancia mutua. E incluso pactaron el reparto de Polonia, que desencadenó la 2ª Guerra Mundial. En esas vueltas de carnero geniales que a veces da la Historia, el detestado y temido comunismo ruso, terminó siendo aliado militar de las detestadas democracias burguesas, contra el enemigo común que representaba el nazismo.
Una vez terminada la guerra, ambos bandos volvieron a detestarse con renovado fervor, en un mundo reconstruido y reconformado sobre las ruinas –todavía humeantes- del anterior, y liderado por las dos superpotencias que emergieron victoriosas: Estados Unidos de un lado, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética del otro.
La Guerra Fría dividió al mundo en dos bloques separados tras una imaginaria “Cortina de Hierro” por cuatro décadas, y dejó a Berlín literalmente dividido por un muro, tan real como atroz e insensato. El conflicto fue frío para las dos potencias (en gran parte por la amenaza latente de la destrucción nuclear mutua) pero resultó caliente en muchos puntos periféricos del planeta: Corea, el sudeste asiático, casi toda Latinoamérica, y toda África padecieron conflictos de diversa especie: intervenciones militares, guerrillas, contra-guerrillas, golpes de Estado, imposición de dictaduras y gobiernos títeres, torturas, persecuciones políticas, desapariciones y exilios. Ese fue el costo humano del mundo dividido en dos.
Si Estados Unidos tuvo su Vietnam, la URSS tuvo su Afganistán. Si Estados Unidos derrocó gobiernos como el de Arbenz en Guatemala y el de Allende en Chile, la URSS no dudó en entrar con sus tanques en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en el 68. Si Estados Unidos tuvo su Cuba, la URSS tuvo su Yugoslavia. Y ambos se repartieron Alemania y Corea como botines de guerra.
Esa fue la razón por la que líderes de algunos de esos países periféricos, que no se conformaban ni toleraban el papel de meros peones en ese mundo que otros habían dividido en dos, resolvieron crear el Movimiento de Los No Alineados. Era un mensaje para dejar en claro que se negaban a entrar en la lógica bipolar, simplista y simplificadora, autoritaria y prepotente, del “si no están conmigo, están con el enemigo”.





¿Yo?... uruguayo (por Rodrigo Tisnés) Buenos Aires y los porteños vistos por un uruguayo recién llegado. Uno de los aspectos en los que esta ciudad me parece superior a Montevideo es en el transporte público.



Además de las opciones que “la muy fiel y reconquistadora” ofrece: ómnibus (colectivo) y taxi, acá se suman un importante circuito de bici sendas bien distribuidas y bicicletas públicas accesibles en diversos puntos de la ciudad, y –especialmente- el subte. A esto se agrega que las frecuencias de las líneas de ómnibus son más seguidas, la abundante disponibilidad de taxis, y que el transporte es más barato.
Podría decirse que dada las diferentes escalas entre ambas ciudades resulta lógico que Buenos Aires cuente con una oferta más importante de transporte público. Debe tenerse en cuenta que es una ciudad donde viven (vivimos) unas 2,5 millones de personas, y se estima que diariamente ingresa y sale el doble de esa población.
Pero tiendo a pensar que no es tan solo un tema de escala. Sin pretender ofender a nadie, no me puedo imaginar a Montevideo recibiendo un flujo diario del doble de su población, sin que su sistema de transporte colapse totalmente. Al menos tal y como está ideado actualmente.
¡Ojo! No se trata de que en Buenos Aires sea una maravilla. Acá hay embotellamientos, miles de personas que viajan como ganado en horas pico, y cortes casi diarios de avenidas y calles. Hay que ser muy aventurero (y tener bastante paciencia) para largarse a manejar por Corrientes, la 9 de Julio, Córdoba, o Rivadavia a media tarde.
En realidad, no conozco ciudad en el mundo de este tamaño y con esta afluencia de gente que haya resuelto definitivamente el tema del tránsito. Mucho menos en Latinoamérica.
Retomando el tema de inicio…
Los taxis porteños tienen dos ventajas sobre los montevideanos: la ausencia de mampara, que como cualquier persona que haya tomado un taxi en Montevideo sabe, resulta bastante incómoda para el pasajero; y la otra, que aún con los ajustes tarifarios y la inflación, sigue siendo más barato moverse en taxi acá que allá.
De todas formas, es el tipo de transporte en el que menos diferencias existen.
En los colectivos se me hace mucho más nítida. Para comenzar, el costo es sensiblemente más barato que el de tomarse un “bondi” en Montevideo. Frente a los 33 pesos que cuesta allá, acá el costo máximo para ir de un extremo al otro de la ciudad anda en los 7 pesos argentinos… calculando el tipo de cambio al doble, son 14 pesos uruguayos. Es cierto que el costo del transporte está parcialmente subsidiado, pero creo que en Montevideo también lo estaba, o está.
Pero, para mi gusto, la mayor diferencia está en la frecuencia de las líneas. Me he tomado colectivos a la medianoche y de madrugada. La vez que tuve que esperar más tiempo fueron 18 minutos. En concreto: hasta ahora, nunca he sentido la sensación de abandono y desasosiego que se puede experimentar al esperar un ómnibus a las 3 de la mañana en Montevideo por más de 40 minutos… en plena Avenida 18 de Julio.
Sin embargo, lo que separa definitivamente el transporte público entre ambas ciudades, es el subte.
Una vez superado el miedo pueblerino a usar este medio de transporte que corre raudo bajo tierra (miedo generado por el temor a perderme), primero quedé deslumbrado por lo barato -un peso más que el colectivo- y la rapidez con que cubre grandes distancias. Ir bajo tierra, sin tráfico, tiene sus ventajas.
Ahora, aquel deslumbramiento inicial dejó lugar, luego de sufrir el calor inclemente (que golpea como un puño húmedo) de las estaciones, y las aglomeraciones de personas viajando apretadas como sardinas en lata; al sereno reconocimiento que, con sus imperfecciones, limitaciones, y aspectos mejorables, el subte es –por varios cuerpos- el mejor y más cómodo medio de transporte para cubrir distancias medianas y largas en la ciudad.
Pero lo mejor de lo mejor, y lo que más disfruto del subte, es el wifi público de las estaciones. Una verdadero “salvavidas” para los yoruguas que seguimos teniendo celular con número de allá.












jueves, 30 de noviembre de 2017

La Revolución Rusa, 100 años después 01. Por Rodrigo Tisnés



El historiador Eric Hobsbawm ha definido al siglo XX como el más corto de la Humanidad. Según él, habría durado 77 años, de 1914 a 1991, o dicho de otro modo: comenzó con la Primera Guerra Mundial y finalizó con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)
Precisamente, en medio de ese primer conflicto bélico a gran escala se produjo la Revolución Rusa, consecuencia directa de dicho conflicto, aunque desde hacía décadas se había comenzado a gestar en la Rusia zarista el germen de la explosión del 17’.
Rusia era por entonces la última monarquía absoluta de Europa. En 1905 había ocurrido un primer intento revolucionario, violentamente cortado por las fuerzas realistas. En 1916, con el gobierno en plena crisis, parte de la alta burguesía y la aristocracia se confabularon para asesinar a Rasputín, consejero al que acusaban del desastre del desgobierno del Zar Nicolás II.
La Revolución comenzó en febrero del 17, según el calendario vigente en Rusia en aquel año. El país estaba tan atrasado que, mientras el resto de Europa hacía siglos usaba el calendario gregoriano, allá seguían usando el calendario juliano. Este primer acto llevó al poder a una coalición de fuerzas progresistas, que incluía a mencheviques (socialdemócratas), bolcheviques (marxistas), social-revolucionarios y otros sectores.
El segundo acto sucedió a fines de octubre (calendario juliano) o principios de noviembre (gregoriano), y consistió en una suerte de golpe palaciego en que los bolcheviques desplazaron del poder al inoperante gobierno de Kerensky… que fue inoperante hasta para resistir.
La de octubre fue una revolución que, en términos marxistas, no debió haberse llevado nunca a cabo. Según Marx, las contradicciones entre el modelo de producción y las relaciones sociales generados por éste, se agotan primero en aquellas sociedades donde están más avanzadas. A esta conclusión llegó luego de su pormenorizado análisis de la historia económica de los diversos modelos de producción.
Siendo generoso, en el tiempo de la revolución Rusia era un estado capitalista periférico. Tenía cierto grado de desarrollo económico en ciudades como Petrogrado (San Petersburgo) y Moscú, pero en su mayor parte, su estructura económica y su superestructura social y política seguía siendo semi-feudal. Todos los datos socio-económicos coinciden en este diagnóstico. El producto industrial ruso era 2,5 veces menor al de Francia y más de 6 veces inferior al de Alemania; mientras que el PBI per cápita era inferior al de países atrasados de Europa como Hungría y España.
Sin embargo, poco les importó todo eso a los bolcheviques.
Es difícil hoy en día poder reconstruir los efectos que ese hecho generó. En un mundo que se estaba desangrando en la Primera Guerra Mundial, debe haber sido una suerte de nueva muestra de la cercanía del fin de los tiempos: del Apocalipsis para los gobiernos de raíz conservadora y liberal, y del Paraíso (obrero) para cientos de miles de trabajadores en todo el mundo.
Trotsky, lo resumió muy bien: "No hay más que una alternativa: ¡o la revolución rusa desencadena un movimiento revolucionario en Europa, o las potencias aplastarán la revolución rusa!"


Su análisis se demostró acertado cuando, luego de la firma del acuerdo de paz entre Alemania y Rusia en marzo de 1918, y con el Ejército Rojo enfrentando la contra-revolución de militares zaristas liderados por Wrangel y Deinikin, el territorio ruso fue invadido en diversos frentes por japoneses, estadounidenses, otomanos, y británicos. Alemania, pese al armisticio, apoyó con armas al Ejército Blanco (los zaristas)
No pudieron aplastar a la revolución, como Trostky había temido. Pero lograron dejarla aislada y sofocar conatos de revoluciones en Hungría (donde Bela Kun llegó a gobernar por 133 días), Alemania, Bulgaria, Italia, y Finlandia.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Por primera vez en 60 años Italia afuera de un Mundial. Por Rodrigo Tisnés



Que Chile, vigente campeón de América, y de muy buenas actuaciones en los últimos torneos internacionales, no haya clasificado al Mundial, es sorpresivo, pero en el contexto de una eliminatoria como la sudamericana –tal vez la más pareja y competitiva de todas-, no resulta inaudita su eliminación.
Que Estados Unidos tampoco haya clasificado resulta igualmente sorpresivo. Especialmente porque en los últimos 20 años se ha transformado, junto a México, en una de las potencias futbolísticas de la zona geográfica en la que le toca jugar. Pero en el contexto mundial es una selección de mediano calibre, y se sabe que el fútbol es un deporte de segundo orden en ese país. Por ello tampoco resulta inaudita su eliminación.
Exactamente lo mismo puede decirse respecto de las eliminaciones de Camerún, otro campeón continental que faltará a Rusia 2018, y de Holanda, que contaba con el reciente antecedente de su no clasificación a la Eurocopa de 2016.
Lo inaudito. Futbolísticamente inaudito. Es la eliminación sufrida por la selección italiana. Jugando de local en Milán, no pasó del empate a 0 con Suecia, y de esta forma, por primera vez desde 1958 (curiosamente, el mundial jugado en Suecia) faltará a una cita mundialista. Para bien y para mal, los amantes y seguidores del fútbol seremos testigos de hechos históricos: mientras selecciones como Panamá e Islandia juegan su primer Mundial; Italia, cuatro veces ganadora del máximo torneo de selecciones, por primera vez en casi tres generaciones no lo hará.
Pocas cosas hay más seguras en el mundo fútbol que Italia jugando un Mundial. Solo el infaltable Brasil, y Alemania, autoexcluida en el 30’ y excluida por razones políticas en el 50’, han tenido una presencia más constante.
Por eso, que falte Italia, resultaba un escenario tan inimaginable como una Fórmula 1 sin Ferrari, a Roma sin el Coliseo, o a Miguel Ángel negándose a pintar la cúpula de la Capilla Sixtina.
Tal vez resulte injusto con el valor deportivo de Suecia. Una selección que no es ninguna recién llegada en el plano futbolístico. Por el contrario: entre las selecciones que nunca han ganado un Mundial, probablemente forme parte de las que cuentan con más y mejor historia, junto a Holanda, Hungría, Portugal, República Checa (heredera de la vieja Checoslovaquia) y Perú.
Pero es que a ese nivel llega el estupor global generado por la eliminación tana. Y de paso, como masaje al frío ego sueco, realza la imagen de hazaña que tuvo su empate de visitantes.
Puede decirse, o más bien debe decirse, que hace varios años la Azzurra no pasa su mejor momento deportivo. Al Campeonato Mundial ganado en el 2006, siguieron dos rápidas eliminaciones en primera ronda en Sudáfrica 2010 y Brasil 2014 (con mordida de Suárez a Chiellini y cocazo providencial de Godín incluidos), con la final de la Eurocopa de 2012, perdida en forma contundente contra España, como estrella fugaz de gloria.
Que Buffon, con sus 40 años a cuestas, más allá de su innegable talento y profesionalismo, siguiera siendo el dueño del arco del seleccionado, tal vez sea el mejor resumen de una selección talentosa, sí, pero envejecida, de juego timorato, y en la que los jóvenes que se han ido sumando nunca llegaron a dar la talla ni a suplantar a las viejas glorias que se fueron retirando.
Como uruguayo, siempre he sentido que por estilo y carácter el fútbol italiano es el más parecido al nuestro: defensivo, épicamente tenaz, táctico hasta el aburrimiento, enjundioso y corajudo hasta la emoción. Más cómodo jugando al contragolpe que practicando un fútbol atildado.
Con lo que pasó siento que somos un poco más parecidos, los siento un poco más cercanos a los 60 millones de sufridos italianos, que alternan entre la furia, la decepción, la resignación y la tristeza por esta eliminación.
Desde la experiencia de haber visto varios mundiales teniendo que alentar a otras selecciones (USA 94’, Francia 98’ y Alemania 2006’) también puedo decir que, tal vez, un golpe como este era lo que el fútbol italiano precisaba para recomenzar de nuevo. Para dar paso a un nuevo proceso deportivo e institucional, más sólido, más planificado, volviendo a las raíces, pero incorporando nuevas metodologías.
Hace muchos años que el otrora fútbol más rico del mundo, ha perdido terreno frente a ligas como la española, la inglesa y la alemana. ¿Hace cuantos años que no sale un jugador italiano que la descosa?, ¿que sea un Clase A?, en el puesto que sea. Me remito al ejemplo mencionado de Buffon, pero podría mencionar a Chiellini, Barzagli, y De Rossi, todos ellos mayores de 30 e inamovibles de la selección hace varios años.
Está en ellos hacerlo o seguir por el mismo derrotero. Materia prima para recuperarse tienen. También amor propio y vergüenza. Y de sobra.


martes, 14 de noviembre de 2017

¿Yo?... uruguayo (por Rodrigo Tisnés) Buenos Aires y los porteños vistos por un uruguayo recién llegado.




Tal y como he expresado en columnas anteriores, argentinos y uruguayos, yoruguas y argentos, somos muy parecidos… extremadamente parecidos, incluso. Más allá de puntuales diferencias léxicas, que por lo demás existen dentro de los dos países (pensemos como nos enorgullece en Rocha, y forma parte de nuestra identidad propia, el hablar castizo de “tú” y “ti”) y resultan inevitables, porque pese a los diccionarios y a la Real Academia –que la corren de atrás- la lengua, y más una tan extendida y universal como la española, son un producto siempre mutable y sujeto cambios y modismos locales.
En este sentido, las diferencias que podemos tener con un porteño, son menores que las que ese mismo porteño puede tener con un formoseño, por ejemplo.
Me animo a decir que la díada argentino/uruguayo está entre las tres o cuatro más difíciles de identificar entre nacionalidades, junto a la de alemán/austriaco, serbio/montenegrino, y colombiano/venezolano. Si no me cree, pare usted a un alemán y a un austríaco y hágalos hablar (sin que digan donde nacieron), a ver si puede adivinar cuál es cual. Y repita el mismo experimento con un montenegrino y un serbio, y un colombiano y un venezolano.
En un borrador previo había incluido canadiense/estadounidense, pero en realidad, hay una serie de indicios sutiles, pero clarísimos, que permiten distinguirlos. En general, el canadiense es el que tiene aspecto y acento de gringo, pero: a) lleva una cámara de fotos colgando del cuello; b) tiene un rostro ingenuo; c) hace comentarios y exclamaciones inocentes, de asombro; d) son correctos y más cultos que el gringo promedio. En forma separada, cada uno de estos indicadores arroja un 90% de aciertos. Sumados, el porcentaje de acierto trepa al 99,9999%.
Sin embargo, y a riesgo de que usted, amable lector/a, piense que estoy divagando porque tenía que llenar espacio, o que es producto de una alucinación por haber tomado una Quilmes vencida; el tema de hoy no son la gran cantidad de cosas que nos hacen tan parecidos con nuestros mellizos, sino, una de las que más señala nuestras diferencias: LA YERBA.
Pocas cosas se extrañan tanto (sacando a los afectos) como la yerba nuestra. Es que la yerba argentina es puro palo, como si hubiese sido arduamente cultivada por García Pintos y su alegre muchachada de la Brigada Palo y Palo en la selva misionera.
No tengo idea como, siendo tan parecidos en otras cosas, llegamos a tener un gusto tan distinto respecto al consumo de esta infusión. La yerba argentina tiene menos sabor, se lava mucho más rápido, y no precisa ser hinchada para comenzar a tomarla. Uno le hecha el chorro de agua caliente y arranca a tomar. Podrá parecer una cuestión mínima, pero al eliminar este sencillo gesto, el acto de tomar mate pierde buena parte de su mística, y lo rebaja a la calidad de un té con bombilla o un café de oficina. Un escalón por debajo de la conjunción de café y cigarro, tantas veces escrita y cantada.
Encima, acá en Buenos Aires pululan quienes toman en envases que me resisto a llamar “mate”: tarritos de cerámica, vasos y tazas, están a la orden del día. Hay honrosas excepciones como la de los correntinos y misioneros que viven acá, que toman en porongos similares a los nuestros. Ni que hablar que andar de matera colgando al hombro en plena calle es, automáticamente, sinónimo de ser uruguayo.
Tal vez, lo peor de todo sea el caso de aquellos porteños que te piden un mate… ¡y lo toman por la mitad! No son todos. Pero un porcentaje de ellos, pide el mate, toma un poco, y te devuelve el mate con agua por la mitad o con un fondito de agua. ¡No señores! Hasta que no hace ruido, y la lengua queda pelada por el calor del agua hirviendo, el mate no se termina.
Francamente, tanto me da quien inventó el dulce de leche y el tango, si el asado se hace con leña o carbón, o si Gardel nació en Tacuarembó o Touluse; lo único en lo que no transo (además de la anémica denominación de sándwich de milanesa) es que en materia de hacer y tomar mate, nuestra yerba es mucho más sabrosa, gustosa y aguantadora.
Aunqueeeee…
En toda historia, para que sea historia, siempre hay un pero. O un aunque
En este caso, desde que llegué acá, sin contar con un mísero gramo de Canarias ni de Baldo (hasta El Cebador me hubiese servido), resolví adaptarme y consumir yerba local. La alternativa de no tomar mate, o pasarme a un sustituto (café) me resultaba bastante menos deseable que hacerlo con yerba argentina.
De hecho, hasta he desarrollado una forma de sincretismo cultural al respecto: tomo mate con yerba argentina, pero cebando a la uruguaya. O sea: dejo hinchar un ratito la yerba, y armo la montañita para dejar un poco de yerba seca. Sigue sin tener el sabor de nuestros mates… pero se parece un poco más, y demora más rato en lavarse. Hasta un termo y medio aguanta, aunque los últimos se parecen más a un ensopado de palos, que a un mate cimarrón.
Pequeñas estrategias que se deben desarrollar para poder seguir diciendo “¿Yo?... uruguayo”.


domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Yo?... uruguayo (por Rodrigo Tisnés) Buenos Aires y los porteños vistos por un uruguayo recién llegado.



Voy a comenzar por una disculpa. Sé que esta columna trata sobre apreciaciones, comentarios, y anécdotas sobre diversos aspectos de la vida en Buenos Aires como un uruguayo recién llegado.
No obstante, hoy voy a dedicar este espacio, o parte de este espacio, a hablar del “paisito”.
Es que desde que me vine, cosas muy raras han pasado:
  1. Renuncia el Vicepresidente de la República (más que raro, era insospechado)
  2. La selección clasifica de manera directa al Mundial (para malestar de las agencias de viaje que especulaban con la venta de pasajes a Nueva Zelanda)
  3. En Paysandú se descubre petróleo.
Sobre este tercer punto me voy a detener. Si bien parece un motivo de alegría el hallazgo de la materia prima a partir de la cual se genera el combustible, también puede ser motivo de enfrentamientos. Ya he leído a varios sanduceros publicar en redes sociales chistes alusivos a su futura independencia del Uruguay. Podrá decirse que son chistes y que es inimaginable que en Paysandú se genere un movimiento independentista. Pero como bien se sabe, hay dos formas de decir la verdad: en serio, o en broma.
No me extrañaría que, ensoberbecidos por las rentas generadas de las exportaciones de petróleo y postre chajá, y sedientos de venganza por haber estado décadas a la sombra del colonialismo de su más poderoso vecino del norte, pretendan independizarse creando la Heroica República de Paysandú. Hay que reconocer que hasta tiene “gancho” el nombre del nuevo Estado soberano.
Ahora bien. Frente al posible surgimiento de este nacionalismo de carácter localista/regionalista; se me ocurre que el mejor remedio sería fomentar desde ya un nacionalismo de carácter expansionista, de conquista. Lanzar una idea ambiciosa: la creación del “Gran Uruguay”.
¿En qué consistiría? Básicamente, que ahora, convertidos en una nueva potencia petrolera, con los ingentes recursos que ingresarían por nuestras exportaciones, nos armemos hasta los dientes, contratemos mercenarios, y salgamos a expandir las fronteras que, injusta e inconsultamente, nos fueron cercenadas, recortadas, en la Convención Preliminar de Paz de 1828.
Lo más sencillo sería comenzar por reclamar como propios los territorios que adhirieron a Artigas en la Liga Federal y lo designaron “Protector de los Pueblos Libres”. Bajo el aguerrido y patriótico slogan de: “donde el caballo de Artigas pisó, es suelo nacional”, rápidamente recobraríamos los territorios de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Córdoba y Misiones.
Podríamos intentar la conquista de Buenos Aires, tomando revancha de la lucha de puertos y de las viles acciones de Sarratea contra Artigas (y de la inoperante mediocridad de Rondeau); pero la idea es de conquista, no de aniquilación, y no está bueno cebarse con los vencidos. Hay que tener clemencia con ellos. Es más, en un gesto magnánimo, incluso le permitiríamos a la Argentina mantener la soberanía sobre la Martín García.
Mientras tanto, el proyecto expansionista, con la anexión de la nueva Provincia Occidental del Uruguay, habría más que duplicado el territorio nacional y más que triplicado su población actual. Además de volverse autosuficiente en producción de yerba mate, y disparar a cifras nunca antes vistas en la historia nacional la producción y exportación de Fernet, y los ingresos por turismo de montaña y cataratas.
El siguiente paso en este proyecto, siguiendo la ruta trazada por Artigas 197 años antes, sería la conquista de Paraguay, que nuevamente aumentaría sensiblemente nuestro territorio y población; pero, sobre todo, prácticamente nos aseguraría el monopolio sobre los cultivos de yerba y cannabis en Sudamérica, nos daría virtual control sobre la hidrovía, y nos posibilitaría generar el corredor Chuy-Ciudad del Este, especializado en turismo de compras. Todas estas posibilidades nos abriría la suma del ex Paraguay, ahora llamado Provincia Hernandarias.
Podrá parecer descabellado. Incluso… ¡tal vez sea descabellado! Pero también sonaba descabellado que un “faquir semidesnudo” (¡gracias, Winston Churchill!) liderara con éxito el movimiento independentista en la India… ¿Y?, ¿qué pasó?...
Es más, con lo que nos aprecian y respetan los argentinos en general, y los porteños en particular, no solo los tomaríamos por sorpresa, sino que luego no estarían mucho tiempo enojados con nosotros; sobre todo cuando entiendan que ir a Carlos Paz sería lo mismo que venir a Punta del Este hoy en día.
Puede ser que esté quedando medio loco… pero me imagino el Centenario repleto, cantando “Soy celeste/soy celeste/celeste soy yo” con acento cordobés, o jugando por eliminatorias contra Brasil en el Gigante de Arroyito, y me emociono. Por eso, hoy más que nunca cierro esta columna exclamando orgulloso: ¡Che ha’e… uruguayo!

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Comentarios sobre la FIT 2017 Por Rodrigo Tisnés





El día que estoy escribiendo estas líneas, martes 31, se está cerrando una nueva edición de la Feria Internacional de Turismo, que año tras año se lleva a cabo en Buenos Aires, congregando a una inmensa cantidad de público, expositores, delegaciones, periodistas y autoridades.
Es que se trata de la Feria más importante en su rubro en toda Latinoamérica, y una de las mayores del mundo. Para comprender su importancia, bien vale la pena repasar algunas cifras: en los 4 días se hacen presentes más de 1.500 expositores de 45 países distintos, alojados en las instalaciones de la Rural de Palermo, en una superficie cubierta de –aproximadamente- 35.000 metros cuadrados. De los cuatro días, los dos primeros son para el público en general, días en los que alrededor de 100.000 personas pasan por la Feria esos. Los dos días siguientes es de actividades exclusivas para profesionales del sector turístico, que van a hacer contactos y rondas de negocios.
La Feria se divide en tres sectores bien diferenciados, donde se ubican los diversos stands. El primer sector es el destinado a mostrar Argentina. Están presentes las 23 Provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cada una con su propuesta, intentando resaltar su identidad local mediante espectáculos musicales, presentaciones artísticas, puestas en escena del propio stand, y cata de diferentes comidas y bebidas.
El segundo sector es el destinado al “Caribe”. En esta zona se ubican tanto países del área caribeña (Bahamas, República Dominicana, Costa Rica, Panamá, etc) como agencias de turismo y hoteles.
El tercer sector es el “Internacional”, donde se ubican los stands de otros países (todos los sudamericanos, los europeos presentes y algunos asiáticos y de Oceanía) y agencias de viaje que trabajan con esos destinos, además de institutos terciarios de turismo.
La apertura de la Feria se realizó el sábado al mediodía, alrededor de las 14:00 en un evento de afluencia masiva, y protocolizado hasta el hartazgo. Del mismo, vale la pena recordar algunos de los aspectos del discurso del Ministro de Turismo argentino, Gustavo Santos, que en un discurso que alternadamente fue emotivo, político, diplomático, entretenido y reiterativo, resaltó ciertos aspectos de la riqueza que genera el Turismo en Argentina. Uno de sus mayores énfasis estuvo puesto en resaltar que en un contexto de recesión económica hasta hace unos meses, el Turismo sin embargo ha tenido un crecimiento sostenido durante 13 meses, y se espera que siga esa tendencia. Felicitó y reconoció a empresarios y gremios por su “madurez” y haber mantenido puestos de trabajo en medio de la crisis, en un sector que emplea a unas 270.000 personas del extremo norte al sur, y desde el Atlántico hasta los Andes. A continuación habló de nuevas inversiones que se han concretado o están por concretarse en hotelería, de créditos y subsidios al sector, y –muy especialmente- hizo mención a “la revolución de los aviones”: se trata que en los próximos años se estarán habilitando/creando 600 nuevas rutas aéreas que generará unos 7.000 nuevos puestos de trabajo (directo e indirecto) y demandará una inversión en el entorno de los 7.000 millones de dólares para garantizar su operatividad. A modo de ejemplo comentó que en mayo de 2018 comenzará a volar Air Canada con una ruta directa entre Toronto y Buenos Aires.
Hay que comentar que el panel de autoridades que realizó la apertura parecía una “feria de toros”. Entre los nueve miembros sentados en la mesa de apertura, de diversas organizaciones vinculadas al Turismo, no había una sola mujer.
Una vez cumplido el aspecto protocolar se dio inicio a la Feria en sí mismo y a la locura del fin de semana con la masiva afluencia de público… público que haría parecer organizada a una turba, en su ansiedad por ver las propuestas, llegar a hacerse con los regalos en los diversos stands, y –sobre todo- por abalanzarse en estampida sobre todo lo que sea cata de comidas y bebidas. Lo mismo da que se trate de probar ceviche y pisco en los stands de Perú y Chile, cabrito a las brasas en el Córdoba, o comer galletas de arroz con sake en el de Japón y degustar bacalao seco en salmuera en el de Tierra de Fuego.
El stand de Uruguay, situado en el sector Internacional, estaba bien ubicado y era de los más grandes. Resultaba bien espacioso. Presentes en el mismo, además del MINTUR, estaban en forma individual los departamentos con mayor desarrollo turístico, incluido Rocha (Colonia, Maldonado, Canelones y Montevideo eran los otros) y en forma conjunta los que se han asociado regionalmente para desarrollar el turismo: los del Litoral (Soriano, Río Negro, Salto y Paysandú) y los del Centro. La propuesta general lucía austera, sobria, correcta, tal y como la mayoría de los argentinos nos visualizan. Menos llamativa y estridente que los cercanos Chile y –sobre todo- Brasil. Cada departamento y región tuvo su chance de hacer su presentación y tener su momento de lucimiento en la propuesta del local.
No me corresponde realizar una evaluación acerca del stand de Rocha. Sí puedo decir que la propuesta me pareció adecuada en el marco general de la propuesta “país” y que fuimos uno de los destinos más consultados, junto a Montevideo, Maldonado y Colonia. Particularmente efectiva por lo sencilla y la cantidad de público que atrajo, fue el juego de una pequeña ruleta, que al ser girada podía dar en suerte diversas preguntas acerca del Destino Rocha y premios variados. Por supuesto, también estuvo el sabor local con una degustación de productos derivados del butiá; y fue muy interesante la presentación que el día lunes a media tarde brindaron Ana Claudia Caram –la Directora de Turismo- y Jorge Simeone –Presidente de la Corporación Rochense de Turismo- sobre “Deporte y Aventuras en espacios naturales de Rocha”, un nuevo tipo de turismo que se está impulsando con fuerza desde hace un tiempo, promoviendo estilos de vida más saludables, en los maravillosos entornos y diversidad natural que nuestro departamento posee, y que genera gran movimiento de público para dichas actividades. Se notó planificación en la materia, incluso con la presentación de un calendario de actividades deportivas a llevarse a cabo de noviembre a marzo.


domingo, 29 de octubre de 2017

¿Yo?... uruguayo (por Rodrigo Tisnés) Buenos Aires y los porteños vistos por un uruguayo recién llegado.



De todas las experiencias que hasta ahora he tenido en Buenos Aires, una de las más increíbles, por su contexto, y porque como expresé en Facebook, ni en mis más febriles delirios me habría imaginado viviendo algo así siendo un recién llegado. Me refiero, por supuesto, a mi participación en un programa de televisión argentina.
Efectivamente. Así como lo leen. En la semana que fue del lunes 23 al viernes 27 de octubre estuve, en calidad de participante, en Mejor de Noche, programa emitido por Canal 9 de Argentina y producido por Kuarzo (que es, o era, Endemol), el cual es conducido por Leo Montero, y sale de lunes a viernes de 21:50 a 23:00.
Para quien no lo conozca, se trata de una adaptación del viejo formato de programas de preguntas y respuestas sobre cultura general, del tipo “Salven el Millón”, “¿Quién quiere ser millonario?”, o el clásico “Martini Pregunta” (también había uno conducido por Berugo Carámbula, cuyo nombre no recuerdo); en este caso, consiste en una ruleta gigante, alrededor de la cual se sitúa a 6 participantes a quienes se asigna una zona de la misma (por ejemplo entre colorado el 16 y negro el 23), y el participante en cuyo sector del juego caiga la bola debe responder una pregunta de cultura general, que puede ir desde Historia (Argentina o Universal) hasta Farándula, pasando por Geografía, Deporte, Arte (en todas sus disciplinas), Gastronomía, Religión, etc. Todos los días se va generando un pozo de dinero, que se puede llevar el participante al que le toque la Última Bola del juego de esa noche, que debe responder una pregunta. Tanto en esa Última Bola, como en las que se tiran de color blanco durante el programa, las preguntas son de múltiple opción (12) y existe la chance de reducir la cantidad de opciones dos veces (a 6 y a 3) con la correlativa disminución del dinero en juego.
Se trata de un programa ágil, entretenido, divertido, y que mantiene –un poco a contrapelo de la tendencia actual- el estilo de programas que, de alguna forma, buscan premiar el saber o la cultura general. Podría objetarse que lo hace mediante un formato mercantilizador, y que el show alrededor trivializa la cultura y el conocimiento… francamente, y con todo respeto, me parecen argumentos dignos de rancios sofistas.
En caso de que no se hayan percatado, se trata de uno de mis programas preferidos de la televisión argentina desde que llegué. Me corrijo: uno de mis POCOS programas preferidos.
Ahora, bien, una cosa es que sea un asiduo espectador y otra muy distinta que me haya pasado al otro lado de la pantalla. Supongo que los lectores se preguntarán cómo sucedió.
Nada más complicado que un mensaje de whatsapp y un casting. Aunque la historia es un poco más larga. Comencé a ver el programa a mediados de agosto. Una de esas noches que lo veía, y cuando ya tenía más o menos clara su dinámica, pasaron las formas de anotarse para participar del mismo. Una era mediante mensaje de whatsapp. La vez siguiente que lo hicieron tuve preparado el teléfono para registrar el contacto en el celular, y al otro día envíe el mensaje donde expresaba mi interés en ser participante. Pasaron dos, tres, cuatro días sin novedades y me olvidé por completo del asunto.
Al decimotercer día recibo un mensaje de Mejor de Noche. En el mismo decía que para participar había que ir un día a determinada dirección, entre ciertas horas, y hacer un casting que consistía en completar dos planillas y sacarse una foto. De las dos planillas, una era con información personal, y la otra una breve cuestionario de cultura general.
Salí del lugar dudando que me convocaran nuevamente. Es que del cuestionario, una vez que salí y pasó la euforia del momento, repasé mentalmente mis respuestas y me di cuenta que había fallado aproximadamente en la mitad: una en que la respuesta era Verdi y puse Mozart, otra de geometría, y varias de geografía e historia reciente Argentina. Mi esperanza era que las de geografía universal, historia regional, y literatura me salvaran; unido a que tuviesen la contemplación que siendo un recién llegado, mal podía saber cuál era la estación de trenes de no sé dónde diablos ni el nombre del Partido de Mar del Plata.
A esto se sumaban mis nada positivos antecedentes en Uruguay. Intenté participar tanto en “¿Quién quiere ser millonario?” como en “Salven el millón”, fracasando con total y absoluto éxito en ambos casos. En el primero, debo haber llamado unas 5 o 6 veces, contestando siempre bien la pregunta telefónica, pero esa era toda mi participación.
Enarbolando la ética de la derrota con entereza, me olvidé por completo del asunto, pero sin evitar imaginarme contestando en lugar de los participantes que veía semana tras semana, hasta que, una mañana, a principios de octubre, me llegó un mensaje de whatsapp de remitente desconocido. Era una productora del programa, preguntándome si tenía disponibilidad para estar en la semana del 23 al 27… Hay mensajes en la vida que son para responder sin reflexionar. Y éste era uno de ellos. Automáticamente dije que sí.
El resto es historia fresca y conocida. Y si no les resulta conocida, es ubicable por Youtube. En lo personal, aún me cuesta creerla del todo. En el poco tiempo que llevo acá en Buenos Aires, ya he participado en un programa de televisión, terminé de escribir mi segundo novela, he comenzado a escribir Teatro, amén de otra pequeña serie de logros y/u objetivos que he alcanzado o intentando alcanzar.
Sólo me resta expresar mi más hondo y puro agradecimiento a la producción de Mejor de Noche (especialmente a Paula), a las chicas de maquillaje y vestuario del Canal, a Leo, a Xoana; a Hugo, Sergio, Emanuel, Salomé y Mauricio, mis compañeros durante toda la semana; y mi familia, amig@s y conocid@s que me siguieron, apoyaron y alentaron, desde Montevideo, Rocha, Maldonado y Buenos Aires.
No crean esos infundados rumores de que se me subió la fama a la cabeza. Por más detalles, contacten con mi agente de prensa.
P.D: Mamá, te pido encarecidamente que no les creas a los buitres de la prensa de chimentos. Ya no sé cómo explicarte que con Xoana somos solo amigos.