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viernes, 16 de marzo de 2018

8M: ¿por qué soy un varón feminista? Por Rodrigo Tisnés


 Emily Pankhurst

 Simone de Beauvoir
                                                         Sufragista
 
El 14 de julio de 1789 el pueblo francés toma La Bastilla y pone fin a la vieja monarquía absoluta. El mes siguiente es aprobada la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano bajo la consigna “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Pese a su pomposa declaración de universalidad, dicha declaración dejaba fuera de la categoría de ciudadano a la mitad (más o menos) de la población francesa: las mujeres no eran ciudadanas.
En 1791, Olympia de Gouges, la matriarca del Feminismo, lanzaba como respuesta la Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Terminó guillotinada en noviembre de 1793. En 1848 y al otro lado del Atlántico, una convención de mujeres estadounidenses culminó su encuentro con una proclamaba en el que reclamaban el derecho al voto. De las 68 firmantes de la proclama, solo una, Charlotte Woodward, pudo ejercer el derecho al voto… 71 años después, luego de que aprobara una Enmienda Constitucional para reconocer el derecho de las mujeres a votar y ser votadas. En el interín, muchas feministas, a ambos lados del Océano, fueron encarceladas y debieron exiliarse de sus países por manifestarse y reclamar algo tan sencillo como el derecho al voto.
En América Latina, Uruguay fue el primer país en reconocer dicho derecho, con la reforma constitucional de 1917. Lo siguieron Brasil en 1932, Chile en 1934, y Argentina en el 47’.
En 1949, la filósofa francesa Simone de Beauvoir publica su libro “El segundo sexo”, y con la simple genialidad de la frase “no se nace mujer, se llega a serlo”, desata la segunda ola de feminismo. Se trata de un pormenorizado estudio de lo que significa ser mujer, en el que abarca disciplinas como la Historia, Antropología, Sociología, Biología y Psicología. Su conclusión, resumida en la frase citada, es que más allá del hecho biológico del sexo, la idea que se tiene de lo que debe ser –o como debe ser- una mujer: coqueta, delicada, fina, bella, tierna, abnegada; responde a una construcción cultural, socialmente armada, en el que la mujer siempre ha estado en función de un “Otro”: marido, hijo(s), padre, familia.
Por tanto, ella propone deconstruir esa identidad, o identidades asignadas, y que cada mujer construya su propia identidad, desde criterios propios. Inmediatamente, la Iglesia Católica lo incluyó entre su índice libros prohibidos, siendo uno de los últimos en gozar de tal distinción.
Es a partir de su trabajo que se comienza el trabajo sobre un nuevo concepto analítico: el Género, distinto al del sexo. Mientras éste último es un hecho biológico, el género es una construcción socio-histórica, que en base a determinadas características –incluidas las biológicas- asigna roles a hembras y varones de la especie humana.
De esta manera, el feminismo, que se suponía agotado una vez las mujeres occidentales lograron el derecho al voto y a ser votadas, cobra nueva fuerza, al echar luz sobre otras situaciones de desigualdad que no tienen nada de “naturales”, sino que, por el contrario, son producto de diferencias culturales naturalizadas hacia adentro de cada sociedad.
Sin lugar a dudas se ha avanzado mucho desde entonces. Hoy, en Occidente, no se cuestiona el derecho al voto femenino, ni a que trabajen, ni que estudien, ni están supeditadas toda su vida a la autoridad de algún hombre (padre, marido, hermano, sacerdote), y todo está consagrado por vía legal. Esto hace pensar que la igualdad de derechos existe porque así lo establecen la Constitución y las leyes. De hecho, hasta hace unos años, yo lo pensaba así.
Sin embargo, la ley, no tiene “efectos mágicos”. Por sí sola no cambia sociedades, ni prácticas culturales que están sostenidas sobre siglos y siglos de repeticiones y por la fuerza de la costumbre que las naturaliza.
Ejemplos varios:
  • Votar no significa ser votada. A nivel mundial, menos del 25% de las bancas legislativas son ejercidas por mujeres, y menos del 20% de titulares de ministerios lo son.
  • En el mundo, la pobreza tiene rostro de niño y de mujer. La mayoría de hogares pobres tiene al frente a una mujer jefa de hogar.
  • Un estudio realizado en 83 países demuestra que en la actividad privada, a igual tarea y cargo, las mujeres perciben entre un 10 y un 30% menos del salario que sus compañeros.
  • Muchas más mujeres que varones son universitarias hoy en día...pero están subrepresentadas en los cargos de mayor prestigio académico. Lo mismo pasa en cámaras empresariales y sindicatos.
  • Ni que hablar de las cifras de violencia doméstica en el mundo. O las cifras de trata y tráfico de personas.


Por todo ello, y como varón feminista que me considero, me rechina cuando se cuestiona al Feminismo o se ponen determinados “peros” acerca de los reclamos del feminismo contemporáneo.
Es cierto: hay mujeres que son violentas y ejercen violencia. También hay mujeres que llegan a cargos de ministras, de presidentas: de un país, de un Parlamento, de un sindicato, de una empresa. Y también es cierto que dentro entro del feminismo actual hay posiciones exacerbadas y radicalizadas... y personas taradas, como en todo grupo humano.
Hoy no es fácil reconstruirlo, pero seguramente, también entre las sufragistas de comienzos del Siglo XX había posiciones exacerbadas y radicales. Y eran acusadas de ser agitadoras, provocadoras, de “rompe hogares”, de ir contra de las tradiciones. Es que como escribió García Márquez: la historia es circular.
Pero cuando los datos globales en un sentido son tan contundentes, demuestran que más allá de los casos individuales de éxito (o de terror como en el ejercicio de la violencia)... hay cuestiones sistémicas y estructurales de fondo, que arrojan los resultados mencionados.
Por ello, me parece que cuestionar al feminismo, genéricamente y al boleo, porque hayan planteos exacerbados y tarados, es como acusar de terroristas a Mandela y al Congreso Nacional Africano porque alguna vez cometieron hechos de violencia para resistir el apartheid en Sudáfrica.
Y es, sobre todo, desconocer las razones históricas por las que surge el feminismo, y las desigualdades persistentes, estructurales, que pese a los mucho a avances registrados, aún hoy existen.